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La cruz del sur

Lunes día 3, Merzouga, Marruecos

Son las seis de la mañana y mi cita con el amanecer no puede esperar más. Ayer me ofrecieron ir a verlo y no pude decir que no, lo que no me hace tanta gracia es tener que ir en dromedario. Yo habría preferido ir andando pero voy a tener que hacer el papel de turista y subirme en uno de esos bichos, porque se supone que es lo que nos gusta a los turistas. A mí no me gusta.

Tras un amanecer bastante nublado, me siento con mi guía sobre una alfombra entre las dunas de Merzouga. Ya sé lo que viene ahora: comprar algo por el triple de lo que podría haber pagado. Comienza a sacar objetos envueltos en papel de periódico de su bolsa, dice que es el trabajo de su familia, aunque aquí todos dicen lo mismo. Me enseña algunos fósiles y señala al horizonte donde está el lugar en que los encuentran. Miro hacia el lugar señalado y distingo una gran línea oscura que sobresale: son las montañas de la frontera con Argelia, actualmente cerrada y custodiada por el ejército.

Tras enseñarme unas cuantas cosas tengo delante lo que he decidido que quiero llevarme a casa: una rosa del desierto, un dromedario tallado en piedra, un fósil de ammonite dividido en dos partes y un fósil de trilobite. Estoy preparado para rebajarle el primer precio que me ofrezca e intentar no volver a perder en el “juego” del regateo.

Pero la persona que tengo delante tiene solo dos años menos que yo, vive en el desierto y esta es una de sus pocas fuentes de ingresos. Yo vengo de una ciudad con todas las comodidades que necesito y más, estoy aquí porque quiero y tengo una fuente de ingresos mayor que la suya. Mirar a los ojos a este chaval y regatearle no me resulta nada cómodo, así que decido no forzar demasiado y acepto el segundo precio que me ofrece.

De vuelta en la Kasbah nos damos la mano y nos despedimos. Observo que al darme la mano se pone la otra en el pecho, lo encuentro un gesto muy respetuoso y le respondo de la misma forma.

Después de un abundante desayuno (para no perder la costumbre) vuelvo a la habitación y me tiro en la cama. Estoy muy cansado. Giro la cabeza y miro el desierto a través de la ventana. No es momento de descansar, así que salgo a caminar por las dunas. A lo lejos veo una gran duna de unos cien metros de alto, decido ir caminando hacia allí y subir. Pero después de media hora andando descalzo, lo que parecía estar a medio kilómetro está a dos, así que la doy por perdida. En su lugar me dedico a correr por las pendientes y a saltar sobre ellas. Me siento como un niño.

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Me paro a descansar y a tomar algunas fotos con mi móvil. Las chanclas me sirven de soporte para sacarme un par de fotos con el desierto a mis espaldas. Juego con la arena y tengo ganas de escribir nuestros nombres sobre ella, pero cuando empiezo a escribir solo termino el mío. Con el tiempo se borrará.

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Vuelvo a la Kasbah, recojo mis cosas, me despido de mis huéspedes y arranco el motor del Dacia. El camino continúa.

Merzouga es una pequeña población que se encuentra al borde de las dunas del desierto con el mismo nombre. Se compone de unas pocas casas y se camufla con el color del desierto. Decido que antes de partir hacia Zagora tengo que echar un pequeño vistazo al pueblo. Voy buscando una tienda de souvenirs donde pueda redimir mis fracasos en el regateo y de paso llevar algunas cosas más a España.

Aparco el coche frente a una de esas tiendas y antes de poder apagar el motor sale el dueño dándome la bienvenida en tres idiomas distintos. Le digo que soy español y lo primero que sale de su boca son las palabras “fútbol” y “Barcelona”, de la mía sale: “amunt Valencia”. No me gusta el fútbol y me la trae floja quién gane la liga, pero a veces hay que marcar territorio.

-¿Qué has venido al Corte Inglés a comprar? Mi tienda tiene más cosas que el “Carrefour”- Por lo visto el tío es un cachondo. Además de este tipo de frases suelta algunas en catalán y poco más. Parece que se ha dedicado a aprender todo lo que ha podido de los turistas. Me cae bien pero a este tengo que regatearle hasta el útlimo Dírham.

Me invita a que dé una vuelta por la tienda y elija lo que yo quiera y luego hablaremos del precio. Así lo hago y voy buscando algo para llevar a mis amigos y familiares. La tienda es bastante grande y hay de todo. Incluso un bote de cristal para llenarlo con arena del desierto, pero ya es demasiado tarde y no hay tiempo de volver a las dunas. Después de un buen rato mirando me guardo un colgante de la mano de fátima y un llavero.

En el último vistazo me encuentro con un colgante que llama mi atención. Tiene la forma de una cruz pero sus extremos acaban en punta y el extremo superior tiene una cavidad circular. Pregunto al tendero si el colgante tiene algún significado y me explica que se trata de la cruz del sur. En concreto, la que tengo en la mano es de la tribu de los Bereberes y representa la constelación de la Cruz del Sur, utilizada por las tribus nómadas para orientarse en el desierto. Este talismán se daba a los hijos cuando alcanzaban la pubertad en un ritual en el que el padre pronunciaba las siguientes palabras: “Hijo, te doy las cuatro direcciones del mundo porque no sabemos dónde irás a morir”. Me guardo el colgante con el resto de cosas y nos sentamos en el suelo a negociar un precio.

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Voy conduciendo hacia Zagora con la guantera llena de cosas, entre ellas, mis tres últimas adquisiciones por 6 veces menos de lo que el tendero había pedido. Entre ellas está la cruz del sur. Todo un logro. En el camino recorro una carretera solitaria con el desierto a la izquierda, y unas montañas que parecen cuchillos que emergen de la tierra a la derecha. No puedo resistirme y me paro a disfrutar del lugar. Subo hacia las montañas todo lo que el coche me permite, después continúo el camino andando. Una vez arriba saco un par de fotos y me quedo de pié mirando. Es difícil describir donde estoy, pero esto es lo que andaba buscando, me siento mejor que nunca, estoy justo donde debo estar.

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Vuelvo al coche y me cuelgo la cruz del sur al cuello. Ahora puedo seguir una de las cuatro direcciones.

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