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C’est la vie

Domingo día 2, Ouarzazate, Marruecos

El despertador suena pronto porque mis vacaciones consisten en exprimir cada segundo del día. Son las nueve de la mañana y tengo hasta las doce para ver Ouarzazate, o al menos, una pequeña parte. Pero lo que quiero es exprimir el tiempo y no que él me exprima a mí, así que me tomo tranquilamente un abundante desayuno en la terraza del hotel. Disfruto cada segundo y observo todo lo que me rodea.

A un par de mesas de mí hay una chica de origen asiático desayunando sola, tiene más o menos mi edad y pienso que tal vez ha venido a buscar lo mismo que yo, que sería interesante hablar con ella y descubrir que tenemos en común algo más que la soledad. No estaría mal compartir con ella alguna de las camas en las que voy a poner pausa a este viaje. Me giro para mirarla y comprobar que no tengo valor para levantarme y hablarle,  pero ya no está. Vuelvo a poner los pies en la tierra y no tardo en tenerlos otra vez sobre los pedales de mi Dacia. Hago una breve parada en los estudios de cine Atlas y en la Kasbah de Taourirt.

Son más de las doce y tengo que poner rumbo hacia Merzouga si quiero llegar antes de que anochezca.

Los paisajes son increíbles. Conduzco por una carretera solitaria en medio de la nada, nunca me he sentido tan libre. Todo lo que me rodea es tierra rojiza que compone grandes llanuras y montañas que se elevan creando un paisaje digno del planeta Marte. Este paisaje es interrumpido a veces por pequeñas zonas de vegetación donde se asientan poblados de adobe. Recorro una larga carretera rodeada de árboles desde los que asoman montones de niños sosteniendo corazones hechos con flores y ofreciéndolos a los conductores. Después de un par de horas de carretera llego al valle del río Dades, hago una pequeña parada para tomar una foto y retomo una carretera rodeada por un paisaje todavía más árido que los anteriores.

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Ya son casi las tres de la tarde, así que me propongo parar a comer en la primera población que vea. Por supuesto esto no pasa hasta después de media hora de tierra roja. Cuando al fin llego a una zona habitada, aparco el coche y entro en el primer restaurante que veo.

Con el estómago lleno de un intento de espaguetis boloñesa (solo se me ocurre a mí pedirme ese plato en medio del Sahara) retomo el camino y veo como el paisaje cambia progresivamente. Poco a poco el amarillo se va apoderando de todo y ya empiezo a ver algunas zonas cubiertas de arena. Cada vez hay más camiones militares, más tiendas de fósiles y más señales de advertencia de camellos. El aumento de la presencia militar me indica que estoy cerca de la frontera, así que el desierto de Merzouga no queda lejos.

Después de atravesar grandes áreas desérticas el paisaje vuelve a cambiar y me encuentro rodeado de palmeras. Atravieso algunas poblaciones y en una de ellas tengo que pasar entre más de doscientos niños que salen de clase a la vez y que caminan por el centro de la carretera. No me he sentido más observado en mi vida. Más carretera, más curvas, más palmeras, más pueblos, paso por una gran puerta con tres banderas de Marruecos sobre ella, después una base militar y unos niños gritando: “Merzouga is here!”. Sé que no estoy en Merzouga, pero seguro que ya queda muy poco.

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Salgo de ese último pueblo y las palmeras dan paso a grandes extensiones de tierra negra. Sigo conduciendo durante casi dos horas sin ver civilización, solo tierra y el horizonte a lo lejos. Cuanto más cerca siento el desierto más rápido conduzco. No voy a decir a la velocidad que voy por estas solitarias e interminables carreteras, pero la hora prevista de llegada es cada vez más temprana.

Unas pirámides rompen el horizonte, son de color azul grisáceo, luego se vuelven amarillas y se convierten en desierto. Lo he conseguido, lo tengo delante.

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Conduzco una media hora más y paro en una gasolinera justo en frente de Merzouga. Un hombre de unos 60 años, vestido con una chaqueta del Dakar llena de marcas patrocinadoras de la competición, se acerca corriendo a mi coche y me pregunta a dónde voy. Le digo donde me alojo y amablemente me indica cómo llegar al lugar. Tengo que atravesar un camino de esa tierra negra que rodea gran parte del paisaje hasta llegar mi alojamiento en la Kasbah Azalay.

Una vez allí, me reciben con una camiseta de la selección Española y un té en una terraza con vistas al desierto. La conversación con Hamid no tarda en tomar un rumbo más existencial y reflexionamos sobre lo que es crecer en un poblado en medio del desierto, y crecer en una ciudad con todas las facilidades al alcance de tu mano. Tras instalarme en la habitación, bajo al desierto que está a unos metros y doy un paseo. Cuando ya he pasado unas cuantas dunas no puedo evitar agacharme y acariciar la arena. Me sorprende con un tacto mucho más duro que la de la playa a la que estoy acostumbrado. Me siento y espero a que el sol se esconda. Vuelvo a la kasbah y me sirven una cena excelente tras la que continúo mi conversación con Hamid, esta vez el cielo está cubierto de estrellas y hace algo más de frío.

Hablamos de religión y de las relaciones entre hombres y mujeres en nuestras respectivas culturas. Al final terminamos hablando sobre cómo una mujer y un hombre pueden compartirlo todo, sobre cómo pueden llegar a ser una misma persona y de cómo algo tan fuerte y puro puede llegar a romperse. Hamid concluye: – C’est la vie amigo -.

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